IV

Romance que en sentidos afectos produce el dolor de una ausencia
 

 Ya que para despedirme,  
 dulce idolatrado dueño,  
 ni me da licencia el llanto  
 ni me da lugar el tiempo, 

     háblente los tristes rasgos,
 entre lastimeros ecos,  
 de mi triste pluma, nunca  
 con más justa causa negros. 

    Y aún ésta te hablará torpe  
 con las lágrimas que vierto;
 porque va borrando el agua  
 lo que va dictando el fuego. 

     Hablar me impiden mis ojos,  
 y es que se anticipan ellos  
 viendo lo que he de decirte,
 a decírtelo primero. 

     Oye la elocuencia muda  
 que hay en mi dolor, sirviendo  
 los suspiros, de palabras,  
 las lágrimas, de conceptos.

     Mira la fiera borrasca  
 que pasa en el mar del pecho,  
 donde zozobras turbados  
 mis confusos pensamientos. 

    Mira cómo ya el vivir
 me sirve de afán grosero,  
 que se avergüenza la vida  
 de durarme tanto tiempo. 

     Mira la muerte, que esquiva  
 huye, porque la deseo;
 que aun la muerte, si es buscada,  
 se quiere subir de precio. 

     Mira cómo el cuerpo amante,  
 rendido a tanto tormento,  
 siendo en lo demás cadáver,
 sólo en el sentir es cuerpo.  

    Mira cómo el alma misma  
 aún teme, en su ser exento,  
 que quiera el dolor violar  
 la inmunidad de lo eterno.

    En lágrimas y suspiros,  
 alma y corazón a un tiempo,  
 aquél se convierte en agua  
 y ésta se resuelve en viento. 

     Ya no me sirve la vida,
 esta vida que poseo,  
 sino de condición sola  
 necesaria al sentimiento.   

     ¿Mas por qué gasto razones  
 en contar mi pena, y dejo
 de decir lo que es preciso  
 por decir lo que estás viendo? 

     En fin, te vas: ¡ay de mí!,  
 dudosamente lo pienso;  
 pues si es verdad, no estoy viva,
 y si viva, no lo creo. 

     ¿Posible es que ha de haber día  
 tan infausto, tan funesto,  
 en que sin ver yo las tuyas
 esparza sus luces Febo?

     ¿Posible es que ha de llegar  
 el rigor a tan severo  
 que no ha de darle tu vista  
 a mis pesares aliento? 

    ¿Que no he de ver tu semblante?
 ¿Que no he de escuchar tus ecos?  
 ¿Que no he de gozar tus brazos?  
 ¿Ni me ha de animar tu aliento? 

    ¡Ay, mi bien! ¡Ay, prenda mía!  
 ¡Dulce fin de mis deseos!
 ¿Por qué me llevas el alma,  
 dejándome el sentimiento? 

     Mira que es contradicción  
 que no cabe en un sujeto  
 tanta muerte en una vida
 tanto dolor en un muerto. 

    Mas ya que es preciso (¡ay triste!)  
 en mi infelice suceso  
 ni vivir con la esperanza  
 ni morir con el tormento,

     dame algún consuelo tú  
 en el dolor que padezco,  
 y quien en el suyo muere  
 viva siquiera en tu pecho.   

    No te olvides que te adoro,
 y sírvante de recuerdo  
 las finezas que me debes,  
 si no las prendas que tengo. 

     Acuérdate que mi amor,  
 haciendo gala del riesgo,
 sólo por atropellarlo  
 se alegraba de tenerlo. 

     Y si mi amor no es bastante,  
 el tuyo mismo te acuerdo,  
 que no es poco empeño haber
 empezado ya en empeño. 

    Acuérdate, señor mío,  
 de tus nobles juramentos,  
 y lo que juró tu boca  
 no lo desmienten tus hechos.

     Y perdona si en temer  
 mi agravio, mi bien, te ofendo,  
 que no es dolor el dolor  
 que se contiene en lo atento. 

     Y adiós, que con el ahogo
 que me embarca los alientos  
 ni sé ya lo que te digo  
 ni lo que te escribo leo.
 


Sor Juana Inés de la Cruz