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A todos los humildes, ignorados caminantes de la tierra y el cielo, que sintieron, que murieron, con la astilla en la carne de la angustia, están dedicadas estas desmadejadas líneas.
Los años doblarán mis espaldas. El vivir me transformará en una hiena, en un cerdo. Tal vez. Pero en el último pliegue de mi ser perdurarán estas palabras de angustia, que muchos hemos sentido alguna vez en el andar cotidiano.
Nuestra vida es un luchar despiadado, inmundo, amoroso, constante, contra esa angustia que tan bien sabe quemar los ojos y nos acompaña desde la gestación hasta la tierra.
Los hombrecitos, nosotros, los hombrecitos, sucios, buenos, lobos, víboras, tristes, pasionales, místicos, sabios, pobres, millonarios, lo tenemos en nosotros. Algunos sólo minutos, o días, otros años, otros hasta más allá de la vida.
Tú eres filósofo. Tú poeta. Tú pintor. Tú sabio. Tú eres inmundo. Tú oruga. Tú santo. Tú eres reptil. Tú búho. Tú camaleón. Tú flor. Tú quieto espectador. Tú eres nube o polvo, o pulpo o cuervo. O todo eso con amalgama misteriosa. Y todos somos angustia, disimulada o libre, que el sueño mata en el letargo momentáneo y que el sueño nutre con más fuerza al despertarnos.
He soñado asesinar el sueño. Pascal nos dijo desgarradamente que Jesús estaría en agonía hasta el fin del mundo y menester era no dormir todo ese tiempo.
Pero no, no es posible ello, tienen más fuerza los simples, sutiles pellejitos de los párpados que el deseo de destruir el sueño.
Ésa es la lucha.
Éste es el juego.
Canzani Ariel
1960

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