Retorno


Devolvedme las malas palabras puras,
Aquellas que tuve un tiempo cuando era niño
y apedreaba las vidrieras, las casas de los burgueses
y el casco de los vigilantes,
que era un blanco magnífico para el envión de mi honda.

Aquellas malas palabras que eran mareas de sinceridad
y apuntalaban mi infancia como un cielo violento.

Devolvedme las malas palabras puras
Aquellas que tuve un tiempo cuando era joven
y hacía el amor a las doncellas que rondaban mi hombría
como barcos a vela.
Aún el estupor de la vida y la maldad de las gentes
-enguantadas en una suavidad de cáscara de cielo-
no me habían arrastrado entre la diáspora de los vórtices.

Aquellas malas palabras que eran mareas de sinceridad
y apuntalaban mi juventud como un cielo violento.
Hoy he visto morir a un hombre.
La multitud miraba curiosa, atónita, a la bestia caída.
La oreja, el ojo, la boca de la multitud
se hamacaban en una mueca misericordiosa y piadosa.

Pero las muecas se hacían añicos contra el asfalto aceitoso
y regado por un sol de mala muerte

Ningún brazo de coraje
levantaba el cielo violento manchado de sangre.
Solo yo -junto a un árbol- clamaba por el hombre muerto:
¡Yo tengo la culpa!
Pero tenía las palabras sucias, impuras e indignas de ese muerto.
Él las rechazaría sí las oyera
porque era un hombre capaz de escupirle a Dios en su misericordia.
Esa estúpida misericordia de un enano Dios de barro
con su corte de arcángeles rufianes,
con su corte de vírgenes prostituídas,
porque era un Dios el mismo con su carne, su sangre y su entraña
que elaboraban el cielo violento de las malas palabras puras.

¡Ah! qué hermosa lección me ha dado este hombre
que hoy apagó su vida entre el fragor de la multitud atónita
contra el asfalto aceitoso
y regado por un sol de mala muerte.

Hermanos de las usinas, de las fábricas, de los talleres,
un camarada pintor os pide la palabra.
Una raíz ignorada me levantó las carnes
Ahora tengo el cielo violento que apuntalaba mi infancia
cuando apedreaba las vidrieras, la casa de los burgueses,
y el casco de los vigilantes
era un blanco magnífico para el envión de mi honda.

Hoy
un compañero albañil
se rompió la crisma desde un séptimo piso
contra el asfalto aceitoso
y regado por un sol de mala muerte.

Un poema a las 6 de la mañana

Podría cantar la desalquilada vigilia de las prostitutas,
el motín callejero de los gorriones en la urbe.
de mis manos inválidas, de mis pies doloridos,
Pero el canto de un gallo
que abre la mañana con los dedos de un ángel sin aureola,
suena en mi corazón -íntimamente-
y en mi sangre
alza su tono de armónica meridional
para recordarme que soy un hombre huérfano en mi ciudad.

Mi ciudad: La de las grandes riquezas y las grandes miserias.
La de los grandes chantajistas de guantes color patito:
Gerentes de banco. Presidentes de asociaciones patrióticas:
Directores de grandes rotativos. Críticos de Arte. Periodistas.

Urruchúa los pintaría con una ganzúa en los labios
y el alma junto a tu voz que enrula un tango de Filiberto.

Sé que me querrías si te hablara de amor,
aunque te desangres diez horas en una fabrica de tejidos
y sufres el asedio de un gerente mulato
-oblicuo como la sombra de una pared a media noche-

Porque tú necesitas un hombre, amiga, y yo necesito una mujer.

José Portogalo