Epílogo

 
Yo quisiera morir en una tarde azul
rodeado de mis libros solamente.
Podría ser lejos de mi casa,
en una ciudad desconocida,
también podría ser en la montaña,
cerca del mar, o en un lugar cualquiera,
pero sin nada que me diga que una vez fui amado,
aunque sólo haya sido el amor tenaz de mi madre,
porque estoy tan seguro de haber estado solo,
desde el grito primero,
cuando la luz fue mía.

Tal vez, se piensen o digan muchas cosas
cuando yo ya no exista en la hora derribada,
pero ya será tarde.
Alguien dirá de mis virtudes,
otros, de mi defectos.
Hasta se oirá que me faltó valor para enfrentar al mundo.
Pero todos se habrán equivocado
y yo me quedaré profundamente mudo
sin defender el minuto insondable.

En el entonces , todo importará, incluso hasta la lágrima,
y después, todo seguirá como antes.
Siempre ocurren las cosas de este modo.
Yo me iré trasudando por mi última noche
siempre callado y solo, como he sido en mi vida.
Tal vez, con un poquito de tristeza,
porque vivía para ser amado
y el aroma se fue sin siquiera rozarme.

Claro que no tendré las cosas que tenía,
como por ejemplo, el primer volantín de la infancia
en que se columpiaban mis ensueños,
o el llanto contenido
cuando me prohibían apresar la fruta entre mis dedos.
Ni siquiera tendré
la fuga de los soles horadando la noche,
tampoco la canción de mis pasos
sobre el suelo escarchado de mi pueblo,
ni el mosaico de todos los paisajes
en que quedaba un poco de mi risa.
En mi actitud de sueño horizontal y eterno
faltará, incluso, la maravilla viva de tus besos,
que a veces me entregabas
con un aroma de madera nueva.

Nada tendré, y todo será igual.

No sabría decir si estaré más callado o acaso un poco alegre.
Tal vez, la clemátide de la tristeza
haya alcanzado ya la altura del sollozo.
En todo caso, pienso, estaré más tranquilo
que cuando me acodaba en los crepúsculos
a pensarte y a amarte desde otras latitudes,
recordando el primer dolor,
la primera alegría,
la primera palabra que deslicé en tu oído.

He de extrañar algunas cosas gratas:
desde el momento que se alzaba dibujando arabescos
en el aroma azul del cigarrillo,
mientras los amigos hablaban del terruño lejano
con el alma y la voz humedecida
que resbalaba al fondo de los vasos,
las fiestas, las canciones,
los versos dichos al morir la tarde,
la cadena de tantos conocidos,
hasta el beso furtivo dado para alegrar el alma.
Ya no podré decir esa palabra antigua
que brotaba amarga,
y que a veces se alzaba desafiante a defender el miedo.

Me llevaré todo lo que junté por el ancho horizonte de la vida.
Seré como un baúl de soledades.
Y quizás, la tierra buena me dé de su perfume
para cubrir la otoñecida tarde
de mi muerte.
 
Rolando Cárdenas Vera