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Gabriela Mistral
Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga
Vicuña, 1889 – Nueva York, 1957

Vergüenza



Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa 
como la hierba a que bajó el rocío, 
y desconocerán mi faz gloriosa 
las altas cañas cuando baje al río. 

Tengo vergüenza de mi boca triste, 
de mi voz rota y mis rodillas rudas; 
ahora que me miraste y que viniste, 
me encontré pobre y me palpé desnuda. 

Ninguna piedra en el camino hallaste 
más desnuda de luz en la alborada 
que esta mujer a la que levantaste, 
porque oíste su canto, la mirada. 

Yo callaré para que no conozcan 
mi dicha los que pasan por el llano, 
en el fulgor que da a mi frente tosca 
en la tremolación que hay en mi mano... 

Es noche y baja a la hierba el rocío; 
mírame largo y habla con ternura, 
¡que ya mañana al descender al río 
lo que besaste llevará hermosura!


Gabriela Mistral

La noche



Por que duermas, hijo mío, 
el ocaso no arde más: 
no hay más brillo que el rocío, 
más blancura que mi faz. 

Por que duermas, hijo mío, 
el camino enmudeció: 
nadie gime sino el río; 
nada existe sino yo. 

Se anegó de niebla el llano. 
Se encongió el suspiro azul. 
Se ha posado como mano 
sobre el mundo la quietud. 

Yo no sólo fui meciendo 
a mi niño en mi cantar: 
a la Tierra iba durmiendo 
el vaivén del acunar...


Gabriela Mistral

El amor que calla



Si yo te odiara, mi odio te daría 
en las palabras, rotundo y seguro; 
pero te amo y mi amor no se confía 
a este hablar de los hombres, tan oscuro. 

Tú lo quisieras vuelto en alarido, 
y viene de tan hondo que ha deshecho 
su quemante raudal, desfallecido, 
antes de la garganta, antes del pecho. 

Estoy lo mismo que estanque colmado 
y te parezco un surtidor inerte. 
¡Todo por mi callar atribulado 
que es más atroz que el entrar en la muerte!



Gabriela Mistral

Ausencia



Se va de ti mi cuerpo gota a gota. 
Se va mi cara en un óleo sordo; 
se van mis manos en azogue suelto; 
se van mis pies en dos tiempos de polvo. 

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana 
cerrada a cuanto no somos nosotros. 
Se van mis gestos que se devanaban, 
en lanzaderas, debajo tus ojos. 
Y se te va la mirada que entrega, 
cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos: 
como humedad de tu cuerpo evaporo. 
Me voy de ti con vigilia y con sueño, 
y en tu recuerdo más fiel ya me borro. 
Y en tu memoria me vuelvo como esos 
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas 
de tu labor, y en tu boca de mosto. 
Tu entraña fuese, y sería quemada 
en marchas tuyas que nunca más oigo, 
¡y en tu pasión que retumba en la noche 
como demencia de mares solos!

¡Se nos va todo, se nos va todo!


Gabriela Mistral

Desvelada



Como soy reina y fui mendiga, ahora
vivo en puro temblor de que me dejes, 
y te pregunto, pálida, a cada hora: 
«¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!» 

Quisiera hacer las marchas sonriendo
y confiando ahora que has venido; 
pero hasta en el dormir estoy temiendo 
y pregunto entre sueños: «¿No te has ido?»




Gabriela Mistral