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Miyó Vestrini

Marie Jose Fauvelles
Nimes, Francia, 1938 - Caracas, Venezuela, 1991.

Fuente
- Miyó Vestrini, Todos los poemas, Altazor, Monte Ávila Editores Latinoamericana, C.A., 1º edición, Venezuela, 1994.

Ternura

 
 
Somos teclear de lluvia.
Agonía de lagartos.
Manos de carbón.
caracoles de azogue.
La partida de un niño,
un perro doloroso,
una hoja muerta
Somos hombres
sin sílaba
sin sombra
sin lápiz.
Árbol sin viento
y sin ancla
que devoraste nuestras palabras
nuestros limoneros
Camino de algas y mariposas
que truncaste
el silbido del hombre crucificado.
Somos
aceras mojadas,
plegarias de surcos,
ternura.

 
Miyó Vestrini
en El Encierro y el Espejo.

Zanahoria rallada



El primer suicidio es único.
Siempre te preguntan si fue un accidente
o un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
con fuerza,
para que duela
y aprendas a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
la-muerte-en-realidad-te parecía-la-única-salida
o que lo haces
para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
ya te han dado la espalda
y están mirando el tubo transparente
por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó aprisa
y en diez minutos,
ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio donde llorar,
ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
dicen,
como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
nunca diré una palabra sobre tu vida
en ningún libro,
si puedo evitarlo.


Miyó Vestrini
Valiente ciudadano, 1994

El invierno próximo


V

El invierno próximo
estarás triste,
recordarás a mahler
o habrás muerto.
El próximo invierno
vamos a estar tan solos
como si la niebla se lo hubiera llevado todo:
la tierra,
el verano,
la casa de la esquina,
el bar,
los andenes,
las tabernas griegas
y el motel que reposa
arriba,
sobre la colina.


Miyó Vestrini

Los paredones de primavera


No enseñaré a mi hijo a trabajar la tierra
ni a oler la espiga
ni a cantar himnos.
Sabrá que no hay arroyos cristalinos
ni agua clara que beber.
Su mundo será de aguaceros infernales
y planicies oscuras.

De gritos y gemidos.
De sequedad en los ojos y la garganta
de martirizados cuerpos que ya no podrán verlo ni oírlo.
Sabrá que no es bueno oír las voces de quienes exaltan el color del cielo.

Lo llevaré a Hiroshima. A Seveso. A Dachau.
Su piel caerá pedazo a pedazo frente al horror
y escuchará con pena el pájaro que canta,

                                  la risa de los soldados
                                  los escuadrones de la muerte
                                  los paredones en primavera

Tendrá la memoria que no tuvimos
                                  y creerá en la violencia
                                  de los que no creen en nada.



Miyó Vestrini