Antología rota

 
     Las antologías son siempre una suerte de prestidigitación, escamoteos y preferencias; un juego cortesano y temporal; juglaría selecta; trampas. Podemos elegir los mejores naipes, descartarnos de peones y servidumbre, y quedarnos con la gran baza en la mano, con la baza brillante donde no haya más que triunfos. Provisional todo. La historia y la poesía las hace el Viento y las antologías también, claro está.
     El hombre trabaja, inventa, lucha, canta..., pero el Viento es el que organiza y selecciona las hazañas, los milagros, las canciones.
     Contra el Viento no puede nada la voluntad del hombre. Yo, cuando el Viento ha huído a su caverna, me tumbo a dormir; me despierto cuando Él me llama ululante y me empuja. Escribo cuando Él me lo manda; luego, con lo que escribo, hace Él un revoltijo de cartas, de las cuales no se salvaría seguramente mañana ni el As ni la Reina.
     El Viento es un excelente cosechero: el que elige el trigo, la uva y el verso..., el que sella el buen pan, el buen vino y el poema eterno. Y a fin de cuentas, mi último antólogo fidedigno será Él: el Viento.
     El Viento es quien se lleva a la aventura el discurso y la canción... ¡el Viento! Antólogos, historiadores, arqueólogos, coleccionistas: ¡el que decide es el Viento! Pero a veces, a mí se me queda en la memoria, en mi mala memoria, sin saber por qué, poemas o versos desglosados de un poema largo y antiguo; versos mios rebeldes que se agarran al ojal de la solapa como una consigna o se clavan en la cinta del sombrero como una escarapela, para desafiar al Viento.  Versos como éstos por ejemplo: De aquí he sacado el título que lleva esta antología, pero no me hago ilusiones de que puedan salvarse ni estos versos siquiera; me entrego humildemente al Viento.
     "Y es inútil que compongáis el viejo clavecín, que volváis a castrar a los acólitos, y que digáis en los concilios: cebaremos tiplones para suplir a los poetas, porque lo que se ha roto es... la canción, ¿oísteis?. Lo que se ha roto es la canción".
     Y ahora que no hay nadie aquí en mi casa, ni en el campo, y comienza a soplar el vendaval, abro la ventana otra vez y tiro al voleo, casi sin orden ni concierto, mi viejo discurso y... mi rota canción.
León Felipe
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