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Mística


Si en tus jardines, cuando yo muera,
cuando yo muera, brota una flor;
si en un celaje ves un lucero,
ves un lucero que nadie vio;
y llega un ave que te murmura,
que te murmura con dulce voz,
abriendo el pico sobre tus labios,
lo que en tu tiempo te dije yo:
aquel celaje y el ave aquella,
y aquel lucero y aquella flor
serán mi vida que ha transformado,
que ha transformado la ley de Dios.

Serán mis fibras con otro aspecto,
ala y corola y ascua y vapor;
mis pensamientos transfigurados:
perfume y éter y arrullo y sol.

Soy un cadáver, ¿cuándo me entierran?
Soy un viajero, ¿cuándo me voy?
Soy una larva que se transforma.
¿Cuándo se cumple la ley de Dios,
y soy, entonces, mi blanca niña,
celaje y ave, lucero y flor?

Salvador Díaz Mirón
Nueva York, 1876

Estrofas varias

A Sofía de González Llorca
 
I

A ti la de radiante y angélica hermosura,
la rubia de ojos negros que lleva el traje azul,
la del lunar lascivo junto a la boca pura,
mujer hecha de aroma, música y de luz.


II

Voz que adoras me ruega que escriba
aquí en esta hoja mi nombre manchado:
¡el atraiga y reciba
de tus ojos el lustre dorado!


III

hurgo el arte que admiro y reverencio,
y así doy con exégesis gloriosas
que unir a la hermosura y el silencio
de las calladas y divinas cosas.


IV

El odio que alimentas no me extraña,
sólo pagas rindiendo cual valiente
el sentimiento indómito y ardiente
que se retuerce en mi convulsa entraña.

Por eso...
en medio de mis odios te venero,
por firme, por valiente,
por sincero.


V

San Antonio y Cantoche son dos puntas
que se presentan en la mente mía
como dos manos que estuvieron juntas
y se siguen buscando todavía.


VI

Bendita tú, la del cantar que admiro,
la que muestra una fe libre de peste,
y en la pública fuente echa el zafiro,
la gota azul, el talismán celeste.


VII

En tu recado encontré
ortográficos excesos;
y no me explico por qué,
al pedirme veinte besos,
pusiste besos con pe.

 Salvador Díaz Mirón

En el álbum de la señorita Ana Markoe


Espléndida rosa de mágico prado
que entreabre sus hojas al sol del amor,
eso eres, Anita. Yo soy, a tu lado,
la espina en la rosa, la nube en el sol.

Dejé mis riberas, mi nido de palma,
colgado de un árbol dejé mi rabel;
tendí en el espacio las alas de mi alma
y llego y murmuro mi nombre a tus pies.

Es flor de los cielos la pálida estrella,
es flor de las ondas la espuma del mar,
es flor del recuerdo mi dulce querella,
es flor que se muere si en tu alma no está.
 
Salvador Díaz Mirón

Cleopatra

 
La vi tendida de espaldas
entre púrpura revuelta.
Estaba toda desnuda,
aspirando humo de esencias
en largo tubo, escarchado
de diamantes y de perlas.

Sobre la siniestra mano
apoyada la cabeza;
y como un ojo de tigre,
un ópalo daba en ella
vislumbres de fuego y sangre
el oro de su ancha trenza.

Tenía un pie sobre el otro
y los dos como azucenas;
y cerca de los tobillos
argollas de finas piedras,
y en el vientre un denso triángulo
de rizada y rubia seda.

En un brazo se torcía
como cinta de centellas,
un áspid de filigrana
salpicado de turquesas,
con dos carbunclos por ojos
y un dardo de oro en la lengua.

A menudo suspiraba;
y sus altos pechos eran
cual blanca leche, cuajada
dentro de dos copas griegas,
y en alabastro vertida,
sólida ya, pero aún trémula.

¡Oh! Yo hubiera dado entonces
todos mis lauros de Atenas,
por entrar en esa alcoba
coronado de violetas,
dejando ante los eunucos
mis coturnos a la puerta.

Salvador Díaz Mirón

Al separarnos


Nuestras dos almas se han confundido
en la existencia de un ser común,
como dos notas en un sonido,
como dos llamas en una luz.

Fueron esencias que alzó un exceso,
que alzó un exceso de juventud,
y se mezclaron, al darse un beso,
en una estrella del cielo azul.

Y hoy que nos hiere la suerte impía,
nos preguntamos con inquietud:
¿cuál es la tuya? ¿cuál es la mía?
Y yo no acierto ni aciertas tú.
 
Salvador Díaz Mirón